Nacional, Sábado 14 de febrero de 2015
*) Por Francisco Uranga.
 
Quien no está al tanto de la situación por la que viene atravesando la relación entre Brasil y Argentina podría pensar que el 2014 nos dejó una buena noticia: tras 14 años de déficit, la balanza comercial bilateral arrojó un resultado de 450 millones de dólares a favor de nuestro país. Sin embargo, hay pocas razones para festejar. La explicación no debe buscarse en el incremento de nuestras exportaciones hacia el país del carnaval, por el contrario, las mismas cayeron un 14% durante el año pasado, sino en el desplome del 25% de las importaciones de aquel origen. Datos que exponen concreta y crudamente la lenta agonía que viene sufriendo el proyecto de integración económica continental más ambicioso que gestó Sudamérica hasta nuestros días, el Mercado Común del Sur.
 
Los acuerdos celebrados con China durante el último viaje de Cristina Fernández fueron el principal tema que sobrevoló la visita del Canciller Brasileño, Mauro Vieira, quien estuvo en Buenos Aires esta semana. No es para menos, si se tiene presente que nuestros vecinos entienden que en Argentina estamos reemplazando por productos de origen chino aquello que antes le comprábamos a ellos, y ven en esta dinámica el motivo de la caída de sus exportaciones. Si bien el Canciller cuidó las formas diplomáticas señalando que “la relación estratégica que tenemos entre Argentina y Brasil no excluye que los países puedan tener otros acuerdos”, no parece exagerado cuestionarse si los acuerdos firmados con el Imperio del Medio  pueden ser el golpe de gracia para el ya bastante alicaído MERCOSUR.
 
El avión de Mauro Vieira aún no había abandonado el territorio argentino cuando se conocieron las malas nuevas: el real sufrió este último miércoles una nueva devaluación,  superior al 1% en un solo día, y ya acumula un 6,7% de depreciación en lo que va de 2015. Frente a este comportamiento en la moneda brasileña, el Gobierno argentino sigue manteniendo anclado el tipo de cambio oficial, exponiendo a la economía nacional a un fuerte deterioro en su competitividad, que según algunos especialistas estaría en su peor nivel desde 2001, cuando todavía estaba vigente el régimen convertibilidad.
 
Pero no debemos buscar ni Brasilia ni en Pekín a los responsables del poco prometedor presente del bloque regional, sino fronteras adentro. Nuestros desmanejos en materia macroeconómica han sido la principal causa de la curva descendente en la que entraron las relaciones con nuestros vecinos. El prolongado proceso inflacionario que viene experimentándose en Argentina, el cual no vino acompañado de los correspondientes ajustes en el tipo de cambio y, por lo tanto, implicaron un incremento de los precios y los costos locales en dólares, generó una erosión paulatina de nuestra competitividad que llevó a la Administración Nacional a adoptar medidas restrictivas, como el cepo cambiario y las trabas a las importaciones. El atípico funcionamiento de la economía Argentina en la última década es, en este escenario, el principal obstáculo para un el fortalecimiento del comercio intrabloque.
 
Si bien la unión aduanera creada en 1991 en Asunción está conformada por 5 miembros, la relación Brasil-Argentina es la columna vertebral sobre la que se sostiene y la que le otorga, por su peso geopolítico, un lugar privilegiado en el tablero Sudamericano. Brasil sigue, pese a los vaivenes y contratiempos coyunturales, rumbo a consolidarse como una de las 5 economías más grandes del mundo y cada vez gana mayor influencia en el escenario global, pero sigue necesitando de su principal socio regional para proyectarse como una verdadera potencia. Desde nuestra perspectiva, el ascenso brasileño es la plataforma ideal para proyectarnos al mundo. El evidente carácter estratégico de esta alianza, sin embargo, no tiene un correlato en el campo diplomático: Argentina raras veces acompaña a Brasil en las luchas más importantes que libra en la arena internacional; el caso emblemático es su sueño por conseguir un asiento permanente en el Consejo de Seguridad en la ONU, propuesta que Buenos Aires nunca apoyó.
 
El proceso de integración regional, para que sea sustentable económica y políticamente, no puede eludir el debate entre sus integrantes para fijar líneas coherentes en materia de política exterior, de política macroeconómica y monetaria, y, naturalmente, en lo que respecta al comercio intrabloque y de los miembros con el resto del mundo. No se trata de renunciar a la Soberanía Nacional, pero sí de establecer un debate entre Estados Soberanos para acordar pautas que den previsibilidad y estabilidad al MERCOSUR. Actualmente, estamos muy lejos del nivel de maduración necesario para plantear estos debates, y pareciera que avanzamos decididamente en el sentido contrario.
 
El surgimiento de nuevos proyectos continentales como la UNASUR o la Alianza del Pacífico podría tentarnos a pensar en abandonar definitivamente la idea de reflotar el MERCOSUR. Sin embargo, con bases económicas mucho más profundas que la muy política UNASUR, y con un peso específico mucho mayor que la Alianza del Pacífico, sigue siendo el proceso de integración más importante del Continente y el ámbito que nos ofrece las mejores oportunidades para insertarnos inteligentemente dentro del mundo multipolar que se encuentra en gestación. Nuestro principal desafío es generar las condiciones para fortalecerlo,  y el primer paso es poner en orden la caótica economía argentina.
 
 
 
*) Ingeniero Industrial
Coordinador del Equipo de Desarrollo Económico del CEN